Hubo un tiempo en el que lo pagano y la devoción religiosa se mezclaban. Ese momento era siempre el lugar de la celebración, y todos los que asistían conocían los códigos, sabían que la alegría, el placer y el homenaje festivo no estaban reñidos con la esencia primordial de las creencias sagradas. Aquellos que lo vivieron en nada se parecían a los caminantes pasivos que observaban la chabacanería de los adornos religiosos en la ciudad.
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